Sunday, February 22, 2015

El Huérfano



El Huérfano

Salió Alfredo de la portería del convento de San Carlos y se detuvo en el atrio del templo de San Francisco y lo contempló por última vez. Se fue hacia el mercado, al frente de la plaza a mirar a la gente que transitaba. Vio las casas enfiladas y apiñadas una sobre otra, formando hileras interminables, y pensó que todos aquellos seres que ambulaban como en un hormiguero mal ordenado, seguían, un rumbo distinto. Era la plaza de la confusión. Allí se mezclaban indios, blancos, negros, mestizos, ricos, pobres, hombres, mujeres y niños. Cada uno de ellos era un espejo y un falso reflejo, parecía el teatro de lo absurdo. Al mirarlos se tocaba su rostro como buscando alguna semejanza. Todo fue en vano. Sentía que no pertenecía a nadie. ¿Cuál de estas sería mi madre?  ¿Cuál mi color? ¡Sería mejor morir en la penumbra de nuestro nacimiento, en vez de enfrentarnos con las carnes expuestas a la podredumbre de esta mal engendrada sociedad! ¿Con qué anacos, sedas, o alhajas vestías? Desde la cuna forjé en mi memoria tu rostro como una Virgen transparente, mal heredada de un viejo mundo. Alfredo continuó en soliloquios de esta especie. Recorrió la plaza de cabo a rabo, y finalmente se dirigió al lugar que le indicó la administración de San Carlos y entró en un taller de encuadernación, única ocupación en su vida. El propietario era un hombre de edad, de cara ancha y cogote que le colgaba como doble quijada. Se quitó los lentes, que bien parecían fondo de botella, y le preguntó que qué quería. Aquí traigo una recomendación de San Carlos, entiendo un poco de encuadernación, y desearía que usted me dé un trabajo, además, sé leer y pensar. Después de echar una ojeada por encima le dijo que no le gustaban las personas sin antecedentes conocidos. Insistió que no era partidario de los abandonados ya que casi siempre son hijos mal habidos y traen en su sangre los defectos de sus padres, y al final ellos también terminan siendo igual. El hombre se puso sus lentes, e ignorando su presencia continuó su trabajo. Alfredo se fue. Después de caminar  algunas horas llegó a un hotelucho de mala muerte y se acostó a dormir con el deseo de no volver a despertar jamás. Al siguiente día se bañó, sacudió su pena, se puso ropa limpia y salió. Se encaminó al mercado y se metió en el medio de ese hormiguero confuso. El aire que respiraba estaba mezclado con perejil, papas, cebolla, el sudor de los cargadores, los anacos sebosos de las indias, los perfumes fastidiosos de las señoras, las carnes crudas de las reses despostadas, los mondongos, la fritada, el mote, los niños orinados y mal tenidos; y uno que otro aliento a puntas, ese aguardiente creado para domar a los indios, y para ahogar una pena muerta del día anterior que se escapaba de una boca desdentada; y el olor a pezuña mezclado con la tierra y el cuero de las alpargatas. Todo esto lo confundía. Los hedores venían en una sola hebra de aire. Sus pulmones trataban de acoger los buenos olores y rechazar con una mueca disimulada los fétidos. Caminaba arrastrado por esa corriente como por inercia. Se detuvo en una pileta de agua que sirve de bebedero y para enjuagar los alimentos y la cara de los borrachos. Este no era un retablo de maravillas sino uno de miseria y confusión. Era una jaula de tierra, de muros, de casas, de orines, de iglesias que albergaba dichosos y desdichados. Trabada la mente por todas estas circunstancias caminaba afligido en su libertad y recorría los callejones, zaguanes y repetía las mismas calles una y otra vez. Por debajo de las hendijas de las cantinas, con rockolas viejas, se escapaba el tufo de las borracheras, que hasta los marcos y las puertas tenían una mueca permanente. Y afuera, a unos pasos, dormía tirado en el  suelo un indio más que había ahogado la pena de su existencia. Hijos de la tierra, abandonados por sus dioses que antes los holgaban con hombres de oro y frutas silvestres, hoy arropados por los adoquines imperiales que todavía asfaltan la ciudad y la consciencia de sus pobladores. El pueblo sufría hambre y en el mercado cuando las doñas arrojaban las vísceras, si no las ganaba un perro sarnoso, que siempre estaban al acecho, las agarraba un indio, las medio enjuagaba para cocerlas y hacer un buen caldo. Este indio tenía familia y críos que alimentar. Para estos verdaderos indios robar no era una opción. Preferían vivir así y esperar a que Taita-Dios les ayude.  En el mercado todos caminaban en círculos; unos regateando, otros ofreciendo, y otros cargando grandes paquetes con un cinturón de cuero en la frente y con unos pantalones podridos de sucio mantecoso que se les caía en pedazos; pantalones de casimir posiblemente encontrados en algún basurero donde las casas no están arrumadas. Se veían curas, monjas y señoras bien parecidas con dos o tres cargadores que llevaban sus canastos rebosados de víveres. Estos indios cargadores le atrajeron por su simplicidad y humildad puesto llevaban los abastos sin protestar. Parecía que no hacían ningún esfuerzo con la carga. Sus rostros mantenían la sencillez de la tierra a pesar de que estaban cuarteados por la pesadumbre de la vida y la intemperie. Con los ojos clavados en el piso caminaban sin quejarse. Alfredo también quiso ponerse en sus zapatos y ofrecer sus servicios llevando cualquier bulto, pero no le hacían caso. Su rostro medio blanco no le favorecía. A nadie se le ocurrió ocuparlo en tan bajo menester. Entendía que esos indios sucios tenían que ganarse la vida honestamente. Y si son sucios es porque les hace falta en sus pequeñas cabañas, a las afueras de la ciudad, los servicios básicos. Ellos callan y cargan sus bultos, como lo manda Taita-Dios, en sus espaldas, con los ojos clavados en el piso, y tragándose su apesadumbrada realidad. Alfredo, por primera vez, sudaba la gota gorda poniendo todos los paquetes y quintales de compras en el carro de una de esas señoras. Una de ellas le pidió que la acompañara a su casa para bajar las compras. No tenía servidumbre masculina y los quintales de compras eran muy pesados. Alfredo se montó atrás en la camioneta y se fue con ella. Llegó a una casa que no estaba arrumada como las casas del centro, sino más bien alejada de sus vecinos. Allí habitaba esta señora, entre paredes de piedra, en una fortaleza, acuñando su belleza con muros de tres metros de alto. Una jaula de piedra, de lujos, de sábanas de seda, de simetría perfecta, con muebles Louis XIV y candelabros bañados en oro. Le ordenó que bajara todas las compras y le puso unas monedas en las manos de Alfredo. Mientras ella contaba las monedas, de una en una, Alfredo la miraba. No pensaba en la insignificante paga que recibía, sino en su belleza. Miraba sus pestañas largas y curvilíneas, y la orbe de sus ojos negros encerraban el misterio del universo. Sus labios carnosos, rojizos e hinchados por el deseo arrullaban las palabras. Sus pechos voluptuosos  acunaban la sensualidad latente de su agitado corazón. Mientras Alfredo pensaba en esto, continuaba ahondándose en sus infinitos ojos negros. Alfredo salió de la casa con una sonrisa inexplicable en su rostro. Desde la ventana la señora lo llamó porque se le había caído una hoja de papel. Como la curiosidad es natural y humana, la señora  abrió el papel y vio que era una carta de recomendación. Alfredo le explicó. La señora se quedó admirada y mientras lo observaba de arriba a abajo respiró profundo y en voz firme le dijo que se llamaba Eugenia de Alba, y que era casada. Su marido era ingeniero agrónomo y pasaba la mayor parte del tiempo en la finca. Sin consultar a su marido Eugenia le dio empleo en su casa. Alfredo, ciego de emoción, agarró la mano de la señora, puso la rodilla derecha en el suelo y se la besó. Eugenia enrojecida retiró la mano rápidamente y le dijo que esa no era la distancia que existe entre un empleado y su ama, ¡levántate! Le dijo. Alfredo le prometió que jamás se repetiría, sin embargo se había dado cuenta que el pecho de Eugenia estaba más agitado. Los días pasaron sin novedad. Alfredo hacía las veces de portero, mesero, arreglaba las habitaciones, tendía las camas, y esto último lo hacía con esmero y cariño. Una mañana la señora le pidió que ponga en orden los cajones de su armario. Abrió el armario y empezó a arreglar el último cajón que era el que mas revuelto se veía, puso las medias en pares, arregló otras prendas íntimas como mejor pudo, hasta que llegó al primer cajón. Allí se encontró con un cofrecillo de plata que contenían varias joyas. Ella le explicó que eran joyas de valor que su marido se las había regalado pero que ella hacía poco uso de ellas. Alfredo cerró el último cajón que arregló, sin que ningún mal pensamiento pasara por su mente. Estaba, sino feliz, al menos tranquilo al servicio de tan joven aindiada señora. Los días pasaron y el amo y gran señor de la casa no venía, estaban en tiempo de cosechas. Terminadas éstas llegó don Codicelo, que así se llamaba, e interrogó a su mujer que con qué consentimiento se había tomado la libertad de emplearlo. Eugenia le dijo que venía bien recomendado y con una carta de recomendación de San Carlos. Su esposo no dudaba que era bueno, apuesto, buen mozo, y joven. Le preocupaba que su juventud y bien parecido levantara alguna calumnia y mentiras. Le explicaba a Eugenia que él se ausentaba con frecuencia y ella se quedaba sola con un empleado buen mozo, con su aire presuntuoso más adecuado para bailarín de teatro que para mucamo de una dama honesta. Eugenia insistía que era un hombre bien educado, sabía leer y escribir, y que jamás había tenido contacto con el mundo externo, que había crecido al servicio de Dios, y que todavía no había aprendido los vicios del hombre. Su esposo le explicaba impacientemente que todo ser humano viene equipado con su propia naturaleza, y que tarde o temprano se despierta. Pero no es eso lo que le importaba. Insistía que no dudaba de ellos sino que no soportaría la calumnia. El que dirán. Eugenia era  joven y bella, y además, la admiración de todos en cuanto ponía un pie en la calle. Nunca pasaba desapercibida. Eugenia justificaba cada inexplicable especulación de su esposo hasta que éste no aguantó más y llamó a Alfredo. Le dijo, oye Alfredo, mi mujer sin mi permiso te ha dado un empleo en esta casa, y como yo juzgo que no necesitamos tanta servidumbre, pues con las tres mujeres tenemos suficiente, y además la cosecha está baja y no hay dinero suficiente, he resuelto no emplearte más. Alfredo recibió su pago y se fue. Para Alfredo, Eugenia de Alba era luminosa, y grande como las vírgenes del cielo, como los retratos del cura en San Carlos.  Alfredo decía, moriré de rabia o acaso de hambre, y tú nunca sabrás que te adoré en silencio. No sabrás que bebía tus palabras en vaso así pequeño como el mío y que ansiaba el agua que rebosaba de tus labios. Me alejaron de tu presencia, sin permitirme decirte adiós y sin ni siquiera, todavía, besar la orla de tu vestido. Alfredo circuló las calles varios días. Pagaba unos pocos sucres por la posada. Comía en los puestos de venta en los mercados, y se sentaba en cualquier banca pública a soñar despierto lo que pudo ser, y no lo que realmente era. El dinero que le pagaron muy pronto se terminó porque alimentaba a los niños que pedían caridad en los mercados. El hambre y el frío, como los perros del mercado, lo acosaban. Su figura distinguida inspiraba miedo y recelo puesto que nadie tenía piedad de un hombre joven, que parecía que sólo la pereza y el vicio lo habían llevado a esa condición. Una noche en que el frío entumecía su cuerpo mal abrigado, y su estómago se retorcía del hambre, pensaba en pedirle a Eugenia que le regalara una joya. Se sentó a esperar afuera de la mansión y cuando salió una de las empleadas le preguntó por su esposo. Ella le dijo que don Codicelo estaba en la finca y que Eugenia no se sentía bien. Alfredo pensaba que estaba enferma de amor y que le dolía  su desaparición. Pensaba que la noche anterior cuando soñaba con ella, ella también sentía sus caricias a través del sueño, y hoy se hizo la enferma, como si un presentimiento le anticipara su llegada. Alfredo no deseaba saber nada más. Resolvió ir esa misma noche a visitarla a hurtadillas, sin que la servidumbre se diera cuenta. Ansiaba volver a verla, y presentía que sus ojos no negarían la joya que le iba a pedir. Una sola joya que lo sacaría de este pesar. Esa noche, entró en puntillas en la casa de don Codicelo. Cada escalón, cada corredor, rincón y rechinar del tablado le eran conocidos. Sabía que Eugenia sólo cerraba la puerta de su dormitorio con un pistillo, fácil de abrir por afuera para quien conociera el secreto. Este sistema lo había ideado don Codicelo para entrar en la alcoba sin que su mujer tuviese que levantarse. Alfredo alzó el pistillo y entró. Eugenia dormía. Su cuerpo emanaba una sombra tibia, y su jadeante respirar rebelaba un deseo suspendido innecesariamente. Ella lo escuchaba con los ojos cerrados y los labios despegados, dejando escapar un refrenado y calurosos deseo. Su rostro llevaba la huella de la intimidad y en su respirar trataba de refrenar sus instintos y deseos hasta que despacio abrió los ojos. De ellos saltó su alma húmeda y desposeída de la  razón y recato. Sintió en sus manos los desesperados besos de Alfredo. El agua se desbordaba de sus labios encendidos en deseo. Sus pechos delicados bramaban mientras Alfredo acariciaba su cuerpo como navío desbordado. Humedecida en sus manos bogaba despacio a merced de la carga de sus deseos que la hacían oscilar entre sí y sí. Alfredo acariciaba la cabellera dejando escurrir entre sus dedos las hebras de su pelo. Estaba a su voluntad como los flecos de seda de las cenefas que se dejaban acariciar a merced del viento que entraba por la ventana.  Palpaba sus hombros con la yema de los dedos hasta que llegó a la cúspide de sus senos y dejó caer su mano suavemente sobre ellos. Latían las palmas de Alfredo como si tuviera en sus manos el corazón de Eugenia. Sentía que golpeaba en el centro, debajo de su pecho, gritando el deseo desenfrenado que había inundado sus sábanas.  Ladeado su cuerpo con sus senos en el borde de los labios y con los ojos medio abiertos y la mirada perdida, sentía que Alfredo deslizaba su mano por la nave de cuerpo. Contraía sus muslos con furor, cediendo los parpados de sus ojos y holgando su cuerpo ante aquel poderío. Ya no parecía una mujer de carne sino de fuego. Su ¡ah… ah…! se ahogaba y quemaba en el fondo de su pecho. Alfredo había visto en la mesa de noche un libro que él había leído, a hurtadillas, en el convento. El libro estaba abierto en la historia de Alibech, que trascendió de sus páginas el deseo en Alfredo y la resurrección de la carne, imponiéndose a toda voluntad. Alfredo terminó de arrancar su pequeña bata de seda, la bañó en besos y entró en el conocido infierno de Rústico. El corazón de Eugenia palpitaba por todo su cuerpo. Luego de algunas horas de silencio y después de repetir varias veces la penitencia, Eugenia le entregó un joya y le dijo que tenía que irse. Besó nuevamente los labios tibios y puso la joya en su bolsillo. La figura rechoncha de don Codicelo apareció en el marco de la puerta diciendo, muy sensatamente deseabas alejar, cuanto antes, a tu amante. Y peor aún, que hace aquel con el cofre en la mano. ¡Ladrón, sí, ladrón de honras y de joyas! Estoy en mi derecho de matarte. ¡Ladrón, miserable, basura, hijo de puta,  muere!
Don Codicelo trastornado, aún más, al ver que Alfredo había tomado posesión de las joyas mas preciadas, lo apuntó con su revolver. Alfredo de un brinco se lanzó a forcejear por la vida y trenzados en una angustiosa lucha, forcejeaban, hasta que sonó un disparo y don Codicelo cayó al suelo. La servidumbre escuchando los gritos de su señora habían llamado a la policía. En el preciso instante en que el cuerpo de don Codicelo caía, la puerta se abrió de un solo golpe: en su marco se destacaban las figuras de dos agentes de policía, esto según el reporte policial, y toda la servidumbre de la casa del señor. Alfredo insistió que el disparo fue accidental y que en la lucha se escapó la bala. Pálida y temblorosa quedó Eugenia, que a duras penas un grito trémulo resonaba de su garganta. La policía, la servidumbre y luego los vecinos que habían llegado al escuchar el escándalo, cercaron al asesino que todavía tenía el revolver en la mano. Alfredo viéndose acorralado dejó caer el arma de sus manos y bajó la cabeza. Por un instante Alfredo pensaba que todo esto era un sueño mal habido, porque solo allí las cosas pasan rápidamente, sin advertencia. Se lanzó Eugenia y agarró a Alfredo de la camisa y le susurro al oído sin que nadie la escuchase que su marido por viejo jamás la supo gozar bien y que solo la quería a su lado como una joya más. Eugenia gritaba mientras sacudía a Alfredo. Pobrecita, decía una de las espectadoras mientras el policía trataba de arrancarle las manos de la camisa del asesino de su marido. Está trastornada, decía alguien más, y quiere matar al ladrón. Mi marido ha muerto, señor policía, y no se puede hacer nada para remediar. Este señor trabajaba en mi casa y mi marido por celos lo quiso matar. La bala fue accidental. Ya lo veremos, dijo el agente, pero por lo pronto es de ley su detención. Miren, aquí en el suelo hay un cofre, dijo el otro agente mientras lo recogía, y contiene joyas valiosas. Parece que sabemos el motivo del asesinato, cosa que la señora no se había dado cuenta, pero su marido sí. ¡Registren al asesino y ladrón! El regalo de Eugenia, la joya que le entregó a Alfredo, los policías al hurgar en los bolsillos, se la encontraron. Eugenia gritaba que él era inocente. Las pruebas de asesinato de don Codicelo Alba contenían todas las agravantes de asalto  nocturno y robo. Lo cual condenaron a Alfredo a la pena de reclusión mayor extraordinaria, o sea, a diez y seis años de presidio, sin que las declaraciones a su favor, rendidas por Eugenia de Alba hubieran servido para atenuar el fallo de la justicia. Mientras tanto en la celda, acurrucado en un rincón, Alfredo decía,  encerrado entre cuatro paredes, mi vida ha terminado, señora mía. Yo soy inocente del crimen que me acusan, y he sido infamado y condenado sin justicia. ¿Es este mi destino, Señor? ¿Quieres que finalmente las almas de dos amantes abandonen el cuerpo para siempre? ¿No te has dado cuenta, Señor, que los hombres hechos de barro y sangre olvidada también necesitan de tu protección? Un guardián que pasaba cerca de la celda, golpeó las rejas con el bastón y gritó ¡Silencio! Y dijo que estaba prohibido hablar a solas. Alfredo no obedeció. Si aún con vida estás escucha mi despedida, que es preferible muerto que vivir sin ti. Y si has muerto, recíbeme con el alma abierta que ahí va tu corazón. ¡Vida cruel, vida despiadada, adiós! Pendiente quedó su cuerpo de una sábana blanca anudada al cuello y la reja de la prisión. Era presto en la mañana cuando todo esto ocurrió. El escándalo se regó en la ciudad al mismo tiempo que el grito de una sirvienta de la casa de don Codicelo pedía ayuda a los transeúntes. Estaba Eugenia de Alba, en una pequeña laguna de alelíes que su marido se la construyó, inmóvil, con la cara descubierta y vestida con un velo azul. Su cuerpo flotaba como si fuese un alelí más y sus pechos apuntaban hacia la constelación como si Alfredo los palpara. Los vecinos que se asomaron decían que desde que su marido murió no comía. Eugenia fue el ejemplo en su comunidad. 

Monday, February 2, 2015

Romero de Torres y Matilde ( Available in translation)


Romero de Torres y Matilde

Siempre llegamos al mismo lugar pero nunca nos hemos atrevido a hablar. Nos cruzamos en el corredor de un edificio que parecía reducirse en tamaño a medida que nuestros cuerpos se aproximaban. Nos miramos y sonreímos disimuladamente. No era la sonrisa obvia de comunicación externa sino el reconocimiento de su propia sensualidad que se manifestaba al choque de nuestras miradas. No dijimos ni una sola palabra. No era necesario. La palabra en cuestiones de manifestacion intrínseca tiene grandes limitaciones. Sabía que la podría volver a ver en las mismas circunstancias en un par de días más. Fueron los días más largos de mi vida. Jamás se volvió a dar el encuentro en el corredor que había interiorizado y reproducido mil y una vez en mi mente. Regresé al mismo lugar y la vi sentada tomando una taza de té. Me acerqué a la mesa y con un gesto mutuo acordamos que estaba bien que me sentara a su lado. No dijimos ni una sola palabra por un buen trecho. No era necesario. Luego le dije, ¿caminamos? Así lo hicimos, por calles solitarias que en su precencia se habían convertido en pavellones universales. Yo caminaba y ella se desplazaba como si la calle se moviese debajo de sus pies. Era inevitable de que cada hombre que nos cruzaba sintiera, amara y duplicara el corredor que yo había reproducido en mi mente. Con una mentira necesaria y obvia le había dicho que tenía que recoger un libro en mi estudio. La escusa incomunicada fue aceptable para los dos. Queriamos ahogar el bullicio innecesario y los ojos a nuestro alrededor. Su enigmática piel quemaba con anciedad. La esquina de sus ojos me invitaban. Poseída por la primitividad de la danza, sus senos auscultaban su interior. Traía una blusa roja de seda con la sombra de un gato impresa y la mirada perdida de un animal en constante acecho, una falda con estampas geométricas de colores vivos y unas zapatillas de tela que dejaban expuestos el empeine de su pie. Ella ojeaba un libro de Romero buscando una descendencia necesaria. Se sentía milenaria, como si fuese de algún viejo mundo o como si trajera en su sangre la herencia de Lucrezia. Sentía en sus pechos tiernos la ruborización de sus años e insistía, a pesar de los retos morales, en las nuevas sensaciones que estos producían. El color de su cintura era entre verdoso y amarillento y se confundía con la blancura de sus manos languidas y ansiosas. Jamás acercadas a ninguna tentación, como si fuesen las manos de angeles extraviados en busqueda de la verdad.  Recorría cada figura en sus contornos necesarios inyectándolas con su propia sensualidad.  Hablabamos de cosas que no nos interesaban, pero hablabamos para prolongar el tiempo juntos y a solas. Luego los temas cambiaron abruptamente buscando siempre razones o escusas para hablar del arte de Romero de Torres. Terminamos hablando de los actos de la pureza del amor, de la transcendecia de la belleza hasta que finalmente hablamos de los actos corporales y luego de las expresiones obsenas que se dicen los amantes al oído. Todavía no habíamos pronunciado ninguna trivialidad, pero las habíamos pensado y sentido. Finalmente, le pregunté, ¿Cuáles son las obsenidades que tú sabes? Ella se ruborizaba al intento de decirlas y su cuerpo reaccionaba conforme a sus pensamientos, sus hombros se encogían y sus brazos se acercaban al centro de su pecho. Insitía en que mirara a los ojos. Repitió varias veces y siempre terminaba con el rostro encendido, como si el fuego de sus pechos se le pronunciara en sus pómulos. Al ardor de su rostro elocuentemente lo acompañaba una entrecalada respiración que se perdía en el fondo de su pecho. Intentó una vez más mirándome fijamente a los ojos e impulsada por una energía magnética le temblaron los labios, se le cortó el aliento, se ruborizó por última vez y desaforadamente unimos labios con labios. ¡Qué desesperación! Manteniendo los vestidos intactos nos desplazamos alrededor del estudio como grandes gladiadores. Su destreza de bailarina se manifestó en todas las partes de su cuerpo. Luego, como si una gran tormenta hubiese descargado todo su peso los dos habíamos llegado a la posición original. Sentados en la misma poltrona, mirándonos a los ojos sin entender qué había sucedido con el libro. Miramos a Romero de Torres con sus páginas ajadas y con el espinazo boca abajo, reflejando nuestros deseos.  Nos reímos y nos miramos. Ahora, las  coversaciones no eran rudimentarias sino de manera dialéctica rescatábamos las imágenes ajadas de Romero. Se trataba de llegar al fondo de nuestros preceptos morales, sin sentido de culpabilidad. Qué ética, moralidad o principio la retraían de sentir su propia naturaleza, y peor hacerla sentir culpable. Sacudía su cabeza y quería volver a pecar con el mismo dinamismo. Se paró ágilmente sobre la poltrona como si jamás hubiera estado sentada y se posó al frente de mis hombros, abrió sus brazos como un  ave majestuosa, pronunció unas palabras ilícitas y me invitó a danzar. Hoy soy libre Julio, dijo, detén mi vuelo si te atreves. Quedé deseosamente estupefacto, atado a su cuello como una bufanda de seda que desvanecía a su voluntad el nudo moral de la garganta. Qué poder en tu mirada y qué profundidad en tu piel, dije inusitadamente. La piel de la poltrona se confundía con sus muslos. Neruda hubiese recitado la primera estrofa, Cuerpo de mujer… que regresas intacta, y se hubiese quedado así por una eternidad repitiendo lo mismo una y otra vez. No supo mantenerla pero sin embargo la eternizó en la poesía como una mujer universal. Tendría que esperar hasta Matilde para juntar todas en una. Pero más vale tarde que nunca. A merced de su pasión su cuerpo se levantó como se levantan las sábanas en el tendedero cuando está a punto de llegar una tormenta. Como gladiadora del viento bailó la danza universal al ritmo de sus entrañas. Después de la tormenta la inevitable realidad tenía que imponerse; reenfocaron la mirada como si aquella realidad se hubiera manifestado más allá del fondo de sus pupilas. Aunque sus ojos permanecieron abiertos nunca tomaron en cuenta el espacio de sus afinidades. Ahora sus pupilas miraban a través de la letra y la tinta, se enfocaban, reconocían y las conversaciones tenían principio y fin. Romero de Torres sacudió sus paginas ajadas, desencorvó el lomo, tomó la mano de Matilde, cerraron sus coberturas, se alejaron, y nunca más se los volvió a ver. 

Monday, January 19, 2015

Necedad


Necedad
El mundo es una confusión. Se repite constantemente que <<Después de la tempestad viene la calma>> ¡Mentira! Vivía en la calma y luego nací. Hoy pienso en la muerte, ensayando con mi cuerpo mil y una posibilidades. Me acuesto desnudo en el pavimento, en el patio y al pie de un naranjo. Ayer cavé una fosa para plantar un árbol y ensayé con mi cuerpo; acostado, parado y de cabeza. Me seducía esta última posibilidad puesto que la sangre se aglutinaba en el cerebro aceptando las sombras alrededor. Así quiero ser enterrado: de cabeza, desnudo y descalzo con el cielo en la planta de mis pies. Nací de cabeza y quiero regresar a la cuna para que la tierra se trague mis vagidos como se los tragó la sociedad. Deberíamos caminar en el mundo de la misma manera que nacemos. Pero la naturaleza del hombre lo confunde todo y lleva la cabeza en las nubes pensando que tiene los pies sobre la tierra. Insistimos que nos entierren en una caja de madera para acomodar esa masa inservible. Ayer me hice una caja de pino fresco, y me metí desnudo en ella por 7 horas y 31 minutos. Suspendido en ese último minuto, me  transformé. Era de pino y quería echar raíces. Allí se originaba mi existencia. Desde mi cabeza quería enraizarme en la humanidad y cambiarla para que sepan los líderes que nuestro contacto está con la naturaleza. ¡Soy realmente necio! ¿Qué pueden saber los políticos si sólo traen los pies sobre la tierra? Se necesita un nuevo hombre. Una nueva especie que camine con la cabeza en la tierra y los pies en el cielo. Pero el hombre es necio y volverá a caer en los mismos errores. Nacerán instituciones, iglesias, gobiernos, universidades y habrá forjadores de mentes y administradores ineptos. Organizarán batallas y guerras sucias en el aire; y formarán soldaditos de nubes en hileras blancas y confusas desmembrando los cielos como desmiembran los seres hoy en la tierra. Sacrificarán al hombre de aire en torbellinos mordaces. ¡Políticas de los cielos! Sus cofradías serán hechas de aires absurdos. Sus sociedades organizadas en estelares confusiones. Destruirán el aire restante y molerán los huesos brumosos de los pueblos débiles; les chuparan la sangre para canalizar el éter que los mantiene dormidos por arreglar su economía. Se organizarán en pueblos y nacerán patricios y leyes para forzar sus políticas. Crearán reglamentos para oprimir plebeyos. Morirá en el año 451 otra Verginia más y todo volverá a empezar; y luego vendrá un hombre más cuajado que convulsionará los cielos. Y lo matarán. Y la letra se escribirá en interminables hileras de éter; escupiendo de su tintero necio la falsedad del mundo para memoria de los cielos y para el recuerdo humano.     

Wednesday, January 14, 2015

Despertar


Despertar   

No bastaría una vida entera para demostrar que su moral era histórica y que concientemente había forzado un palacio imaginario para escapar la moral impuesta por su padre. Luchaba en contra de principios falsos para encontrar su naturaleza y no quería negar esa condición que se manifestaba desde el fondo de sus entrañas. Fueron dos años de constante lucha contra el gran muro de sus principios. Caminaba ella por sus veinte años y todavía negaba su propia sensualidad. Todo empezó en un pueblo remoto y distante. El pudor y la castidad eran la base de un principio asimilado y todo pensamiento que se saliera de ese orden sería un reto innecesario. Buscaba respuestas en los libros para sumergirse en ese microcosmos social, lleno de experiencias, fantasías y realidad.  Llevaba con ella la carga y miedo de expresar lo que su conciencia y sus entrañas gritaba. Hoy empezó a cuestionar los principios que le pertenecían y buscaba señas de quién era ella en el rostro de las demás. En las mujeres que se sentían libres y deseosas por ser como las adolescentes deben ser. Sus padres le habían inculcado la buena conducta por miedo a que se pierda en la promiscuidad y porque no sabían de otra manera. Al igual que ellos, ella también había aceptado con pasividad una moral que no arriesgarse a producir una contradicción necesaria. Su padre había eternizado la imagen pecaminosa del sexo para mantenerla virgen hasta el matrimonio. No podía aceptar que sus hijas en la pubertad manifestasen señas de placer. Su padre lo determinaba peligroso y era su deber protegerla. No se daba cuenta que al mismo tiempo iba reprimiendo la naturaleza de su hija y que esto podría ocasionar un daño aún más grande. El perjuicio fue gradual hasta lograr mutilar en sus años de pubertad la esencia de la curiosidad. Era prohibido y ella lo había aceptado así. Sin cuestionar.  Había aprendido a vivir rígida, metódica y tratando que todo movimiento de su cuerpo proyectase la imagen que su padre deseaba. A sus veinte años llega a esta ciudad del norte donde el sexo sin sensualidad es una norma. Dónde el orden social del progreso y el Internet han logrado también mutilar los aspectos de la sensualidad, promoviendo solamente la promiscuidad. Llega a esta gran ciudad y se da cuenta que la sexualidad no es un pecado y que dios no existe.
También los palacios construidos en el aire tienden a desaparecer. Palacios con estanterías que cargan los pesares y delicias de la vida en sus libros transparentes, con lomos que rebelan la dulzura de una piel jamás imaginada pero concebida en cada reglón, en cada página, como la historia transformada del hombre olvidado.  Esos palacios se quiebran con líneas diagonales, inclinadas hacia la sombra de un leopardo mudo que se deja sentir y que absorbe en cada mancha los pensamientos y sudores de su piel. Curvas y cuerpos que se crean como si fuese la primera Eva originada del pensamiento de un gran autor, de la costilla de un libro olvidado. Nace omnisciente y conciente del mundo efímero que la rodea y entrega su rostro en el fondo de una apaciguada verdad. Los primeros colores son verde-piel, como los musgos que se aferran en las cuevas de la verdad. Ella se encoge en su palacio con sus libros y mentiras para transformarlos en verdad. Cada milímetro de sus poros fueron bien pensados y diseñados para este momento. Se cierra el primer libro y se abre el otro. En el segundo sólo se encuentra una interminable mirada y su lomo ha desaparecido. Se crea una mente anhelada solo para imaginarse lo que es vivir. Cada neurona llamea una infinita conexión con un dios distante que la trajo para sentir y animar el fuego de sus entrañas. En la siguiente página transparente se proyecta un corazón de agua que fluye desde su centro para apaciguar los movimientos de un cuerpo que tiende a confundirse con las olas horizontales de fuego. Luego los riñones, el hígado, y poco a poco hasta llegar a armar la cúspide de sus senos. Así, hasta quedar inclinada y arrodillada y con el rostro hundido en una poltrona, disfrutando de su omnisciente imaginación. En el siguiente libro, a través de todas sus páginas transparentes y reflejadas en los espejos siderales se crearon sus ojos etéreos para proyectar su naturaleza perdida. El rostro indefinido que esconderá su mirada por miedo a ser descubierta da pauta a su creación. Todavía no tiene el poder de la palabra aunque no sea necesario. Sus labios fue la tarea más difícil, no por su forma sino por sus movimientos que necesariamente tenían que pronunciar la palabra justa. Primero ensayó con sus labios los movimientos prohibidos, besó sus libros en el lomo y sintió con ellos a todos los personajes que salían de la transparencia de Cien Años de Soledad. Devoró con ellos a José Arcadio. Apartó con duras palabras a la mujer que decía qué bárbaro para tomar su lugar; y el libro se desvaneció. En la siguiente página se encontró un símbolo que no era inicio sino fin. Con el omega empezaba la estructura humana. En ese libro se sentía única, indestructible, ilimitada. Su cuerpo era el transporte irresoluble hacia la indescifrable moral humana, encontrada en libros transparentes. Hasta ahora todo parecía más concreto y hoy se siente menos ella pero más diosa y más mujer. Y se confunde. Y así empieza su libertad.  Sus primeras palabras fueron: “He recuperado mi albedrío. No tomo en vano mi imaginación, mi sentir o mi dicha de saborear y oler el mundo”. Ahora no quería José Arcadios sino hombres de carne y hueso donde pudiese experimentar todos sus amantes literarios. De leopardos mudos quería saltar a tigres verdaderos, a leones ansiosos, a felinos que rasgaran su piel para poder desaparecer con ellos y en ellos. La diosa desnuda que se desenroscó de su propio cuerpo quiso andar a solas y distante de aquellos que conocían su origen. Descifrarla y conocerla es retirarla. El hombre maduro y silencioso, que miraba, entendía y amaba sus entrañas, sabía que para él, ella era sólo omega: Desvaneció al padre silencioso y errado y el palacio desapareció.

Monday, January 12, 2015

Microrelato


¿Cómo te llamas?

Te siento en todas mis confusiones, chucherías, besos, cajas, recuerdos y llantos, queriendo y odiándote. Y crecemos, cambiamos, y al final entendemos que la soledad jamás partió. Estuvo allí, auscultando el gozo, las cajas, los colores, las maniobras, y disfrutó la soledad. Sus colores no son los tuyos y sus insultos son suyos aunque los haga tuyos en mi soledad. Hoy, voy husmeando todos los artefactos que alguna vez tocaste. Busco tu olor en las sábanas sucias y me envuelvo en ellas como capullo para germinar de tu esencia. Pasé toda la noche tratando de renovar mis tejidos con el tenue olor que todavía quedaba impregnado. Había colgado la sábana del candelabro viejo del cuarto. En la mañana caí sobre la cama con las alas rotas y me revolcaba buscándote. Todo este recuerdo porque no quise saber tu nombre, ni tú, el mío. Ahora me arrepiento porque me interesaba más el diálogo que los nombres y la identidad. What is in a name, decía Shakespeare, y si algo te dicen los nombres, entonces, me llamo Paco, Julio, José. Y no recuerdo el tuyo. Eres la mujer sin nombre y me duele no poder pronunciarlo. ¿Cómo te llamas?