Friday, December 5, 2014

Pahuma

Pahuma


¿A qué musa puedo evocar para revivir en mí lo inolvidable, para seguir muriendo poco a poco en esta espera inacabable, en este laberinto sin fin, en esta quimera distante? Hecho lengua Neruda a través tus dulces labios ha impregnando de palabras tu mensaje que evoca lo inevitable. Neruda desde lo infinito, de la misma manera como lo hicieron los dioses aquella tarde, trata de robarme tu belleza. En Pahuma el padre Inti o algún otro dios disfrazado trató y se atrevió a tocar los bordes de tu piel hasta la cúspide de la media-luna constante en la corona de tu seno. Yo trataba de esconderte por los bosques solitarios pero me encontraba perseguido y acosado por los dioses que me mandaron a que eclipse tus deseos. Ellos a través de mis ojos podían bordear tus entornos y a través de mi  piel te sentían más cerca. Me había convertido en el esclavo deseado y no deseado. Deseado porque añoraba estar cada instante a tu alrededor aunque esto, en el futuro, me causara castigo. No deseado porque sentía celos de los dioses que deseaban tu cuerpo y querían arrancarte de mi lado. Ese era su propósito, mas yo encontré un arma para ganarlos. No sabían que venía armado del despropósito y que este nos llevaría al único y verdadero sentir. Atravesando los cuerpos con los cuerpos, uniéndolos en sí mismo y para sí mismo encontramos los ecos del tambor que alguna vez nuestros antepasados hicieron retumbar a través de estas vulnerables laderas. Caminos que recorrimos hasta sentarnos en medio de un sendero donde el despropósito se apoderó de nosotros, burlándose de los dioses. Exploramos al tacto la media-luna que me obsequiaste, aunque, sin tu consentimiento, ya me la había robado. Allí pasé a ser dios, mientras los rayos del sol de algún dios curioso e impertinente auscultaba tu belleza. Ver tu torso quebrado en mis brazos fue como volver a nacer. Tus senos fueron alabados por los dioses que se habían alineado al borde de la media-luna. Ellos mismos se habían convertido en mis esclavos, mientras en medio del despropósito la media-luna se posaba en el borde de mis labios. Solo en ese espacio los rayos de sol habían logrado penetrar el bosque, como si los árboles se hubieran retirado silenciosamente. Qué misterios tiene la naturaleza… y cómo se doblega al deseo intenso de dos amantes. ¿Qué historias digo? No sé si esta realidad fue un verosímil sueño. Cada vez que cierro los ojos me veo corriendo cuesta abajo como si persiguiera a la ninfa que alguna vez estremeció los bosques y que hizo temblar a los guerreros y caciques de esa región. Siento que sigo corriendo y que los rayos te persiguen hasta ver que te detienes ante la cabellera de agua que se precipita por las laderas para tocar los bordes de la tierra. Desde un catre de orquídeas vimos y sentimos como la cascada bañaba los bordes de nuestra existencia. Y no pudimos decir nada. Callamos, sentimos, jugamos y transportamos la cascada a nuestros cuerpos. Hoy siento que  navega en mis manos la mar inquieta en aguas incontrolables. Cierro los ojos una vez más y veo  que en el catre de bejucos se abre la dama de las orquídeas y empieza a rebosarse con incontenibles ecos que repercuten para adentro. Me había convertido en la cueva deseada, en el ladrón de los ecos mientras suspirabas en mi boca. No quería  que los dioses escucharan tus gemidos, y los robé para almacenarlos en el centro de mi pecho. La cascada de agua se había transportado a los bordes de la dama de las orquídeas. La sentía en todo mi cuerpo y no podía contener la fricción que sus ecos causaban dentro de mi pecho. Me sentía como los tambores cuando tiemblan a merced de su resonancia. ¿De dónde salió esta diosa? Me pregunto. Si así sufro yo desde la distancia como sufrirán los dioses que jamás podrán poseerla. Ellos se equivocaron cuando me mandaron a gozarla. Pensaron que a través de mi cuerpo y mi carne te podían disfrutar. Ahora, desde la distancia y sintiendo lo que siento me apiado de los dioses y me uno a su nostalgia porque sé que ellos no pudieron jamás sentirte. Ellos me piden que comparta los ecos y gemidos que reposan en mi pecho. Me observan con cuidado cuando sienten que me que quedo para adentro. Han construido un espacio en el infinito, un hueco negro, para almacenar los gemidos de la diosa Pahuma. ¡Así te llamo! Los dioses han querido abrirme el pecho para robármelos, pero corren el peligro de que los gemidos se rieguen en el infinito para nostalgia y sufrimiento del universo. Todos los días me piden que les cuente una vez más la historia de Pahuma. Desde el sendero y el baño de sol hasta la cascada de las orquídeas para luego verlos rendidos a mis pies. Me piden que comparta la sensación de la media-luna erguida y pronta a rechazar los rayos de sol, pero yo me niego.  Ese es mi sufrimiento, contar la historia una y otra vez a sabiendas de que jamás, ni siquiera yo mismo podré sentir lo que he sentido. Toda la naturaleza está pendiente: la tierra ha empezado a temblar, los bordes de las orquídeas se han hinchado, los ríos y cascadas se desbordan con más fuerza, el cielo se inquieta porque la diosa Pahuma se ha vuelto a enamorar.