Saturday, December 6, 2014

Las Papas de Felipe


Las Papas de Felipe
           
La culpa fue de las papas que habían crecido casi hasta los cielos, tirando raíces que se metían hasta la sombra de los huesos. Era como si el hechizo hubiera dictado y previsto el futuro de los dos. Claudia era una adolescente alegrísima que estaba dispuesta no solo a desafiar las normas del hogar y la moral institucional sino también, y quizás con más riesgo la fuerza mística y natural que su madre había heredado años atrás. Felipe era un muchacho simple, travieso, curioso y que no le importaba desafiar los alcances de su desenfrenada pubertad. La mamá de Claudia era muy conocida en la ciudad puesto que le atribuían a sus hechizos la muerte de su primer esposo. Unos dicen que se murió de decepción amorosa porque había encontrado a su esposa en situaciones incómodas. Pero la mayoría concuerda que el hechizo era tan fuerte que se lanzó al precipicio por fuerza de su voluntad. La ambivalente carta que dejó da detalles de intrínseca voluntad. Los frutos de su muerte trajeron muchas tribulaciones y dicen que la exaltación de Claudia se parece mucho a él. Su familia había planeado un viaje de vacaciones a la costa cercana pero Claudia que había intuido el alboroto de sus entrañas quería aislarse del mundo que la rodeaba para entregarse a los deseos voluntarios de los dos. La fiebre púber que fingió, para no ir de viaje, logró derretir hasta el hielo que había en el refrigerador. De las 276 clases de papas que produce los Andes la madre de Claudia tuvo que escoger las que olían más a tierra mojada y húmeda para que su efecto fuera doble. Felipe no era el ideal para su hija. El día y la noche eran unánimes y en las dos semanas que se ausentaron sus padres el calor natural había impregnado y posesionado la esencia de sus huesos. En cuerpo y espíritu visitó sus entrañas y descubrió las delicias, memorizando a detalle hasta el más ínfimo enigma de su cuerpo. Para Claudia, todo colapsó: memorias, morales, miedos, inquietudes para hundirse en la pubertad y saciar sin tapujos ni religiones los deseos que se acumulaban en los goznes de sus coyunturas. Crujían los huesos y las esperanzas y el deseo también era unánime al amor y la existencia a la confusión y el miedo. ¡Qué delirio, qué deseo! Primero eran las miradas que lanzaban destellos de aprobación y picardía indescifrable pero invitadora. Las palabras estorbaban y confundían todos los apetitos. Luego, de risas a empujones delicados, jugando al cosquilleo sin producir la risa del estorbo. Era mas bien la del gusto que se confundía con exhalaciones y suspiros. Se convirtieron en malabaristas y saltaban y reían haciendo del día símbolo de eternidad. Vivían como los amantes deben vivir. Cocinaban juntos lo que sus cuerpos apetecían hasta que habían consumido todos los deseos y las compras que sus padres habían dejado. Sin más que comer y con la energía de los cuerpos que se había convertido en espuma se deslizaban por el piso del dormitorio, del salón y luego hasta la cocina. Felipe buscaba la manera de alimentar su fortaleza que había disminuido drásticamente, como si alguien le hubiese chupado hasta la medula de los huesos. Abrió el congelador y sacó una envoltura de aluminio. La desenvolvió y encontró una papa cruda, cortada en medio con una mediana ranura y adentro de ella un pequeño papel. ¿Qué es esto, de qué se trata y por qué está mi nombre aquí? Claudia se sonrió como solamente ella sabía hacerlo y no respondió. Luego, Felipe desentrañó la otra envoltura y encontró otra papa con el nombre de Claudia. Se calmó ya que cualquiera que habiera sido el hechizo no podría llegar más allá de lo inesperado ya que involucraba a alguien de su misma sangre y predisposición. Los padres de Claudia no aprobaban su relación con Felipe. Según ellos él era un don nadie y habían determinado que en su vida no alcanzaría a realizar nada efectivo. El futuro de su hija se opacaba y tenían que recurrir a los medios más efectivos sin causar daños secundarios como había sucedido con su primer esposo. Felipe decidió cocinar las papas y las puso a hervir pero éstas rehusaban a ser consumidazas y mientras más se cocían más duras se ponían. No había fuego ni hervor suficiente que deshiciera el conjuro de su madre. No hicieron caso y continuaron con los juegos de su edad, consumiendo íntegramente hasta el último minuto del día final. Nunca más se volvieron a ver. Años más tarde, por casualidad, Felipe encontró la papas, como rocas gigantescas, en las nieves perpetuas de las faldas del Chimborazo. Estas habían crecido de un tamaño desproporcionado y seguían oliendo a tierra mojada y húmeda. La ranura seguía allí y Felipe curioso trató de indagar si el papel todavía estaba adentro. Se metió en la ranura y nunca más se supo de él.