Tuesday, December 2, 2014

El Amigo de mi Padre


El Amigo de mi Padre

Cuánto tiempo ha pasado y aún sigue latente el deseo de verlo, sentirlo y escucharlo. Entro en mis treinta años y me arrepiento no haber consumado, hasta ahora, mis deseos como realmente siempre lo he querido hacer. Sucede que desde mi adolescencia él frecuentaba la casa de mis padres y yo lo miraba desde la distancia esperando el día, sin saberlo, en que me convirtiera en mujer. Yo creo que ese juego mágico no era solamente mío sino de los dos. Yo en mis quince años y él en sus cuarenta. Nunca tuve la oportunidad desde que obtuve esa conexión de quedarme a solas con él. Mis padres no lo sospechaban y peor aún, siendo, el mejor amigo de mi padre. Yo no sé si mi padre conocía la naturaleza de su amigo pero cada vez que Pedro venía a jugar a las cartas y a tomarse un aguardientico siempre mi padre me llamaba para que les hiciera compañía. De vez en cuando los dos nos cruzábamos con la mirada que con el alcohol se hacía incluso más obvia en él. Yo lo miraba con paciencia a la vez que jugaba inocentemente con mi pelo. Dame otra carta, decía él, alentado por mi mirada que no sé si revelaba los ejercicios musculares de contracción que yo hacía mientras estaba sentada en la silla acariciando mi cabello. Mi instinto natural tiraba hacia el deseo de sentir sus manos lánguidas atrapando hasta la última gota de aquellos deseos que todavía no había explorado. Ahora, ya a los treinta años, cuando regreso a mi tierra querida, en cuanto se entera que he llegado, inmediatamente me llama por teléfono para decirme, todavía, con la voz temblorosa, Graciela, muñequita mía, cómo estás... te he extrañado... cuándo nos podemos ver... El deseo sigue siendo igual; todavía anhelo sentir sus manos como antes, de darle un beso a escondidas con la picardía juvenil de la primera vez. La última vez que fui a Colombia con mi hermana de casualidad ella contestó el teléfono y en el otro lado del audífono el repetía las mismas frases de siempre, Graciela, muñequita mía... No soy Graciela, dijo mi hermana, soy Julia, Ah...Julia, muñequita mía está tu papá en casa. Mi hermana no podía comprender a que se debía su inesperado afecto y me preguntó que qué le podría pasar. Yo le dije que siempre se comportaba de esa manera cuando está un poco ido de tragos. Mi respuesta no convenció a mi hermana. Nunca más lo volvimos a hablar. Cierto día ya a ésta edad tan madura Pedro llamó por teléfono y casualmente ese día mi madre tenía una cita médica y mi padre estaba en el trabajo. Me pareció el día más apropiado para finalmente satisfacer los deseos acumulados por tantos años. Le dije que venga que le preparo un tintico, que mi madre tiene una cita con el médico y que no regresará hasta las cinco de la tarde. Solos al fin, después de quince años. Sentados frente a frente, nerviosos. Como si los ojos de mis padres desde algún rincón de la casa nos estuviesen mirando. Era nuestra conciencia la que había perpetuado en nosotros ese sentido de culpabilidad, de peso moral. Sus manos temblorosas tomaron la mías, nos acercamos cuando de repente sonaron las llaves en la puerta. Mi madre nunca había llegado a su cita médica. Su coche le había dado problemas. Sinceramente ahora me doy cuenta que no se puede ir en contra del destino. Para estar juntos sólo se necesitan minutos, más yo no quería minutos sino más bien horas lo cual lo hacía imposible mi padre, mi madre, o la esposa de Pedro que le exigía que llegase a casa a más tardar a las siete de la noche. Creo que esta relación ha llegado hasta donde tenía que llegar. Y mis treinta no son mis quince... más él sigue siendo el mejor amigo de mi padre.