Thursday, December 4, 2014

El Muchacho del Barrio


El Muchacho del Barrio


El encuentro fue inevitable. Fue una de esas cosas que uno no puede escapar. Han pasado más de 15 años y lo encuentro de nuevo al frente mío en Nueva York. En una ciudad que jamás me la esperaba que fuese así. La encontré transformada al antojo de mis deseos. El Central Park era más extenso. Mi mirada lo transfiguraba todo. Este lugar que abrazaba a sus transeúntes con las sombras de sus edificios es testigo de una relación que no debió haber empezado así. Parece que los años de espera se mantuvieron latentes debajo de la piel de Daniel. Yo jamás supe de sus potenciales y mucho menos del misterio de sus ojos, que mezclan con el color del ocaso su memoria y la mía. Por primera vez lo veo, o mejor dicho, me fijo con empeño en los detalles de su ser, de su piel, de su mirada. Daniel, en los años de mi infante pubertad era uno de los amigos de mi novio, uno más de los del barrio. Me cuenta Daniel ahora detalles de mi persona que ni siquiera yo puedo recordar. Me da señas y detalles incluso de la ropa que llevaba el primer día que me conoció. ¿Será verdad que se recuerda o simplemente se vale de mi olvido para traer a la memoria cosas que no son? No me importa si es verdad o no. Yo lo quiero creer así, y eso me satisface. Me comenta que siempre tuvo deseo de conocerme más y que siempre se sintió atraído por mi. Hoy llegué a la ciudad de New York, en una época de invierno muy propicia, en la víspera de los retoños del mañana. Como buenos amigos de la infancia y con el respeto de siempre decidimos compartir el mismo lecho. No había necesidad de aclarar o de mencionar que no se nos permitía ningún avance de ninguna clase. Esa noche, 20 de marzo, último día de invierno, decidimos tomarnos una botella de vino y reír a todas anchas las picardías de nuestra infancia. Así lo hicimos. Llegó la hora de dormir y caí en un profundo sueño consolador, mezclando con la borrachera las imágenes de la memoria. Entre sueños, sin saber si lo que sucedía realmente era parte de la realidad empecé a sentir una mano caliente que acariciaba mis entornos. No quise despertar, tomar conciencia o reconocer si lo que sucedía era parte del sueño o de la realidad. Me impulsaba más a sentir lo que este sueño me proporcionaba. Mi cuerpo se movía, se arqueaba, mas mis ojos permanecían cerrados. Sus manos... mis manos se confundían y no las podía controlar (no las quería controlar). Quería que el sueño controlase todos mis impulsos.... todos sus impulsos... todos los deseos. Me sentía como un barco a la deriva... como un náufrago arrastrada por las olas del mar; abatida, bañada, revolcada al ritmo de sus manos y las mías. En el medio de este sueño sentí un beso frío que me hizo reaccionar y reconocer la realidad. Era un beso cualquiera. Un beso que no debía ser. Me di media vuelta y sin decir nada me metí en el sueño. La mañana siguiente nos miramos y no dijimos nada (como es típico de los borrachos, pretender no recordar nada de lo sucedido, especialmente, si de alguna manera agobia nuestra conciencia, entonces, cada uno por su cuenta, decidimos callar). Daniel trabaja en otra ciudad, me dijo que regresaría el jueves por la tarde. Desde el lunes hasta el jueves pensé muchas veces que aquel encuentro jamás debió haber sido. No de esa manera. Pero si no hubiese sido así, entonces, ¿cómo? Quizá el destino nos guarda sorpresas bien arregladas y su trabajo a la distancia era preciso en ese momento para arreglar los problemas de una conciencia que luchaba entre el placer natural y una moral-innecesaria, nefasta. Caminaba por las grandes avenidas, los parques, los museos buscando indicios o respuestas en cada imagen, palabra, o rostro, pero todo fue inútil. Cómo llegué a aceptarlo no lo sé, ni lo quiero saber. No todo lo que sabemos lo sabemos porque sabemos la respuesta sino más bien sabemos porque lo sentimos mas no lo sabemos explicar. ¿Saben lo quiero decir? Estoy segura de que quien quiera que lea esto lo va a entender aunque no tenga nada de lógica y todo de confusión. El jueves mientras me preparaba para salir, a eso de las once de la mañana, llegó. Le pregunté que qué hacía tan temprano en casa. Hábilmente no respondió a mi pregunta y me dijo que no demoraba mucho en tomar una ducha para salir juntos a dar un paseo. Me pareció una excelente idea. Debido a una aberración de la memoria me emperré en ir al barrio italiano. Fuimos, comimos, charlamos de todo menos de aquella noche. No me interesaba saber nada. Solo quería disfrutar de todo lo que este muchacho de mi barrio, que no había conocido jamás, me ofrecía. Aquí fue la primera vez que me fijé en sus ojos que jamás había mirado antes con la magia de hoy. Su color, su mirada profunda, los destellos o paisajes al rededor de su pupila parecían señas de territorios no explorados. Islas atraídas por la fuerza de su mirada y mi voluntad. Luego ocurrió lo que tenía que ocurrir. Fuimos a casa después de haber disfrutado de un día como ninguno, acumulando y revivificando nuestros deseos. Mis muslos parecían dos jirones de piel lloviendo en sus labios mientras me retorcía en el arco de mi espalda a merced de sus deseo y los míos. Pasaron tres, cuatro o cinco días, no recuerdo bien. Enmudecida yo en su piel y él en la mía. No me interesaba perpetuar esta relación ya que ese era el principio y el fin. Daniel me preguntaba que cuando nos volveremos a ver. Yo le respondía con la misma pedantería de cuando niña; que no sea necio que las cosas son como son y no como tienen que ser. Hoy, lo único que me queda es una sonrisa que se me pasma al pensar que las cosas no empezaron como debían empezar. Si solamente no me hubiese dado ese beso y me hubiese regresado al sueño de la forma que me sacó, todo hubiera sido perfecto.